Para Francesca
La noche oscura más tres
Hace frío. Llueve la noche.
Llego al set a encontrarme con ustedes. Y tú ya estás ahí para recibirme, envuelta en un impermeable verde que gotea. Los zapatos ahogados de lluvia.
Hace frío y sé que llevo una chamarra extra en el coche y una bufanda, para envolverme con ellas. Aun así, tiemblo. En esta ciudad si hay lluvia, viene siempre acompañada por frío.
Es cierto, las luces sobre las plataformas, sumadas al iluminado de la calle, le dan a esa cuadra una atmósfera especial, las gotas brillando en medio de la oscuridad que las rodea. Y las siluetas se mueven de aquí para allá, a la espera de que mengüe esa lluvia.
No para. No para y el frío cala. Resguardados bajo el toldo, los vemos llegar a los tres, caminando con una lentitud imposible en esa lluvia. Ella viene empapada, con unas bermudas y una chamarra de hombre que le quedan enormes. Sus piernas delgadas, su rostro angosto escondido: la mirada profunda y esquiva.
Y los dos chiquitos vienen mejor protegidos, con impermeables amarillos, pero igualmente empapados. Ella ha tenido cuidado de cerrar bien los impermeables de los niños, mientras que su chamarra la lleva abierta.
Yo fui lenta. Vi la pelota en la bolsa de plástico y pensé que, tal vez, la lluvia los habría sorprendido en el parque. Pero tú fuiste más perceptiva. Mientras yo seguía preguntándome: ¿quiénes son? ¿por qué se empaparon así?, tú ya estabas ofreciéndoles comida. Tierna, precavida, maternal. Maternal incluso con ella, que llegó así, tan desprotegida.
Maternal con el chiquito que te pidió café: "Poquito, porque eres un niño".
Las cosas que dan calor no son el pan dulce envuelto en bolsitas, o los vasos de café y agua de jamaica, o los sándwiches que se comen a bocaditos, o el resguardo precario del toldo bajo esa lluvia fría.
El mayor busca dónde tirar la basura, cuando acaba de tomar su leche. Ella me habla a mí, muy bajito, tan bajito que vuelvo a dudar si es a mí a la que se dirige o si está hablando para sí. Es más fuerte el ruido de las gotas que caen sobre el pavimento que nada de lo que acontece en ese resguardo.
Me da el nombre de un pueblo desconocido, luego me dice algo sobre barrer y trapear, luego dice "veinte pesos".
No son veinte, ya lo sabes, son sesenta pesos, cada día, para asegurar la cama de la noche. Y ya antes la habías visto. Extraño trío que se mueve entre los árboles del camellón.
Timidez que prefiere alejarse unos metros. Timidez que rechaza aquello que anhela aceptar.
Los niños no participan de ella. Los niños no saben de la simulación y el pudor. Pero hay algo en ellos de autocontenido, también.
Lo que dio calor en esa noche helada fue tu disposición. Y lo que dio calor en esa noche helada fue el beso que nos lanzó con su mano, espontáneo, al despedirse.
Hace frío. Llueve la noche.
Llego al set a encontrarme con ustedes. Y tú ya estás ahí para recibirme, envuelta en un impermeable verde que gotea. Los zapatos ahogados de lluvia.
Hace frío y sé que llevo una chamarra extra en el coche y una bufanda, para envolverme con ellas. Aun así, tiemblo. En esta ciudad si hay lluvia, viene siempre acompañada por frío.
Es cierto, las luces sobre las plataformas, sumadas al iluminado de la calle, le dan a esa cuadra una atmósfera especial, las gotas brillando en medio de la oscuridad que las rodea. Y las siluetas se mueven de aquí para allá, a la espera de que mengüe esa lluvia.
No para. No para y el frío cala. Resguardados bajo el toldo, los vemos llegar a los tres, caminando con una lentitud imposible en esa lluvia. Ella viene empapada, con unas bermudas y una chamarra de hombre que le quedan enormes. Sus piernas delgadas, su rostro angosto escondido: la mirada profunda y esquiva.
Y los dos chiquitos vienen mejor protegidos, con impermeables amarillos, pero igualmente empapados. Ella ha tenido cuidado de cerrar bien los impermeables de los niños, mientras que su chamarra la lleva abierta.
Yo fui lenta. Vi la pelota en la bolsa de plástico y pensé que, tal vez, la lluvia los habría sorprendido en el parque. Pero tú fuiste más perceptiva. Mientras yo seguía preguntándome: ¿quiénes son? ¿por qué se empaparon así?, tú ya estabas ofreciéndoles comida. Tierna, precavida, maternal. Maternal incluso con ella, que llegó así, tan desprotegida.
Maternal con el chiquito que te pidió café: "Poquito, porque eres un niño".
Las cosas que dan calor no son el pan dulce envuelto en bolsitas, o los vasos de café y agua de jamaica, o los sándwiches que se comen a bocaditos, o el resguardo precario del toldo bajo esa lluvia fría.
El mayor busca dónde tirar la basura, cuando acaba de tomar su leche. Ella me habla a mí, muy bajito, tan bajito que vuelvo a dudar si es a mí a la que se dirige o si está hablando para sí. Es más fuerte el ruido de las gotas que caen sobre el pavimento que nada de lo que acontece en ese resguardo.
Me da el nombre de un pueblo desconocido, luego me dice algo sobre barrer y trapear, luego dice "veinte pesos".
No son veinte, ya lo sabes, son sesenta pesos, cada día, para asegurar la cama de la noche. Y ya antes la habías visto. Extraño trío que se mueve entre los árboles del camellón.
Timidez que prefiere alejarse unos metros. Timidez que rechaza aquello que anhela aceptar.
Los niños no participan de ella. Los niños no saben de la simulación y el pudor. Pero hay algo en ellos de autocontenido, también.
Lo que dio calor en esa noche helada fue tu disposición. Y lo que dio calor en esa noche helada fue el beso que nos lanzó con su mano, espontáneo, al despedirse.

9 Comments:
la imagen va ampliándose, muchas gracias.
besos.
gracias. está muy bonito. completa el mío - tímido, medio que rechazando lo que yo no anhelaba aceptar, pero acepté, aquella noche: el besito del niño.
Otro recuerdo más que compartimos, triste y bello, al mismo tiempo.
Me siento muy afortunada de poder hacerlo.
That is very beautiful, even via Babelfish.
Bello y muy íntimo. Gracias por compartirlo.
Con admiración y cariño
luis david
Que cosa más linda has escrito...y vivido.
Compartir casi igual a vivir
Gracias a todos. Pero creo que más bien las gracias se las doy a mi amiga, por ser y estar así, como en esta imagen nocturna. Ésa es ella.
bello, frío, sobrecogedor. tres virtudes cardinales que aprecio.
un abraxo de un lector atento y constante.
salut.
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