miércoles, enero 18, 2006

Fate playing

Jugar al destino

Porque, de algún modo, el mensaje se topó con un gnomo,
porque tus esperanzas tropezaron con los precedentes,
porque tu Londres todavía era caleidoscopio
de nombres y lugares que cualquier sacudida podía confundir,
esperaste en vano. El autobús del norte
llegó, se vació y yo no estaba dentro.
No importa cuánto insistieras
y rogaras al conductor, tal vez llorando,
para que me presentara o recordara haberme visto perder,
apenas, el autobús. Yo no estaba dentro.
Ocho de la noche y yo estaba por ahí,
perdido en algún lugar de Inglaterra. Reprimiste
tu confiado impulso
de lanzarte al tráfico
arremolinado en Victoria, completamente segura
de toparte conmigo en donde debía estar caminando.
Yo no caminaba en ningún lado. Yo estaba
sentado, sereno, en el asiento del tren que iba
meciéndose hacia King’s Cross. Alguien,
más tranquilo que tú, sugirió algo. Así que,
cuando bajé del tren, esperando encontrarte
en algún punto al final del andén,
percibí la agitación y la marejada, una figura
dando brazadas en la corriente de pasajeros,
luego tu rostro derretido, tus ojos derretidos
y tus exclamaciones, tus brazos arrojados,
tus lágrimas desparramadas
como si yo hubiera vuelto del más allá
contra toda posibilidad,
contra toda negación salvo tus propios ruegos
a tus propios dioses. Ahí supe qué es
ser un milagro. Y, detrás de tí,
tu alegre taxista riéndose, como un pequeño dios,
de la chica americana siendo tan americana,
de ver que ese viaje enfurecido –
sollozándole, aguijonéandole y rogándole
que sucediera lo que necesitabas que sucediera –
tuviera tanto éxito, gracias a él.
Y bien, qué raro
que mi tren no llegara un poco antes, mucho antes,
que entrara tarde, justo en el momento
preciso de tu irrupción en el andén.
Fue natural y milagroso y un agüero
que confirmaba todo aquello
que querías confirmar. De modo que tu enorme desesperanza,
tu pánico arremetiendo a través de Londres,
y tu triunfo, me salpicaron,
como un amor engrandecido cuarenta y nueve veces,
como el primer aguacero que absorbe
la sequía de agosto
cuando la agrietada tierra toda parece estremecerse
y cada hoja tirita
y todas las cosas extienden sus brazos, llorando.


Ted Hughes




Para los Antrobióticos...

2 Comments:

Blogger alonso ruvalcaba said...

he leído ya varias veces, con muchísimo gusto, este poema. me gustaría poder comentarlo pero, obviamente, no puedo. enfin!

11:13 p.m., enero 18, 2006  
Blogger HL said...

Pero querido Ruvalcaba, con "este poema" te refieres a mi traducción? Vamos, qué te pareció? Sí que puedes comentar algo, eh?

Qué pex con lo de americana? por ejemplo...
O el título...
Está cabrón... A mi me costó trabajo lo de cross-London panic dash!!

12:08 a.m., enero 19, 2006  

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