domingo, enero 29, 2006

Amor y cine: Kitano 2


Matsumoto ha de casarse; sin embargo, no lo hace con Sawako, la joven de la que está enamorado y con la cual formalizó su compromiso (Matsumoto se compromete con ella, no con un anillo, sino con un pequeño cupido dorado que cuelga en su cuello). Matsumoto debe casarse con la hija de su jefe, para poder prosperar profesionalmente. Sus padres lo obligan y se comprometen... a disculparse con la familia de su antigua prometida. Cuando esto ocurre, Sawako llora silenciosamente mirando hacia la ventana, mientras detrás, los padres de su ex-prometido se deshacen en reverencias a los suyos. El compromiso que los amantes consolidaron se ha roto: él elige el camino del éxito, ella, el del suicidio.

Sin embargo, la muerte no la recibe, al menos no la muerte física; Sawako se hunde en el silencio de la locura, en otro tipo de muerte. Cuando Matsumoto se entera de esto, minutos antes de su boda en la iglesia, abandona todo, recoge a Sawako del internado y, sin dar explicaciones, sin mencionarlo siquiera, renuncia a todo y se sumerge con ella, en el silencio. Sólo dos veces emite su voz, para decirle a ella: Perdóname. Entonces, él los enlaza a ambos con una cuerda roja en las cinturas, que arrastrarán y que los unirá hasta el fin: los amantes enlazados, los pordioseros atados.

Hiro es un poderoso jefe de la mafia, un yakuza. Está cansado y enfermo, pero todavía puede ordenar el castigo de sus “hermanos”. Es duro, siempre lo ha sido; sin embargo, la vejez le otorga un aspecto suave, nostálgico. Le pregunta a su nuevo guardaespaldas si tiene esposa. No, contesta el muchacho, la dejé porque una mujer puede ser un estorbo. Hiro le responde que él en algún momento pensó así. Le dice, Tú eres de la época pasada. Inmediatamente, Hiro recuerda su historia, la historia que compartía con su amada cada sábado cuando ella le llevaba el almuerzo a un parque. Juguetona, ella aparecía, con la cajita metálica del almuerzo: asado de hueva de robalo que ella no preparaba, pero que aprendería a preparar con los años. Hiro le dice que renunciará a su trabajo (su jefe no puede seguir contratándolo), que deberá irse a buscar uno mejor, que tiene que dejarla, pero que volverá. Ella agacha la cabeza y comienza a llorar. Hiro se levanta, le dice adiós y se aleja. Pero, de pronto, ella se levanta y le grita. Le promete esperarlo ahí, en esa banca, en el Saitama, todos los sábados, con el almuerzo. Más de dos mil sábados habría de esperar para ver su regreso. Sin embargo, para entonces, la espera la ha conducido a la locura y cuando Hiro, el yakuza enfermo, regresa cuarenta años después, ella ya no lo reconoce, aunque tampoco lo espera ya. El hombre que se sienta junto a ella para compartir el almuerzo, la hace olvidar al novio perdido. Ella logra recibir la anhelada visita y él logra redimirse antes de ser asesinado, minutos después.

Cada sábado, ella regalaba el almuerzo que no comió a su vecino, el joven Nukui, quien trabajaba en las calles operando el tránsito. Él es el último amante de esta historia, si bien el objeto de su amor no lo sabe. Este muchacho adora a una estrella pop y cela a todos los otros admiradores que intentan tener contacto con ella. Cuando Haruna sufre un accidente de auto y pierde un ojo, él decide que ya no quiere ver más el mundo, se graba la imagen de Haruna en la mente y, después, se saca los ojos. Podrá adorarla mejor ciego, pues ella, desde su vanidad, ha rehusado salir nuevamente en público y no quiere que sus fans la miren en esa condición. Así, Nukui, ya ciego, logra que la cantante lo reciba y, a partir de la dolorosa afinidad de la ceguera, puede concederle a él sus últimos momentos de felicidad, en un jardín de rosas en flor, antes de que muera atropellado junto a la carretera, en otro accidente de tránsito.

El amor en estas historias es tan dramático y tan extremo que bien podría inmortalizarse en leyendas como las de las geishas y sus amantes. La sociedad condena: ahí van los pordioseros atados, los raros, esa es la mujer que se volvió loca esperando al novio perdido, ese es el joven que se sacó los ojos por amor. Si bien Japón tuvo que modernizarse, hubo algo que no llegó a perecer del todo: el sentido del deber (ser). En las tres historias hay sacrificio, pero Muñecas deja ver que el sacrificio ya no es un acontecimiento propio del Yoshiwara, como tampoco lo es el amor. Sin embargo, el deber dicta que no puede convivir con el amor. Y, romper con el deber es romper con todo.

Inicialmente, Matsumoto y Sawako se habían comprometido ellos mismos, se amaban. La antigua tradición del matrimonio arreglado por los padres parecía haber quedado superada, vencida por la modernización. Pero se impone y con esa imposición Matsumoto condena a Sawako. Finalmente, Matsumoto rompe la tradición, pero ya se ha roto él mismo y se condena a lo inevitable. El templo en el que se cancela la boda y las lágrimas de esa otra novia vestida de blanco que llora su frustración, quedan el olvido. También quedan en el olvido las vergüenzas (el honor roto) de los padres de Mastumoto ante los de Sawako, primero, y ante los de la otra novia, después. La obediencia confuciana que Matsumoto debía a su padre queda suplantada por el sentimiento de remordimiento hacia su amada y su deber, entonces, se convierte en unir su vida a la de aquella miserable que él ha destruido. No hay boda, el novio desaparece, el amigo desaparece, el hijo desaparece y a los padres sólo les queda borrar cualquier rastro que este haya dejado en sus vidas. Sin embargo, su madre puede llorar la pérdida en el hogar vacío. Al padre sólo le resta decir, no teníamos otro remedio.

No obstante, la historia en algo ha cambiado. Los hombres, los amantes se lamentan. Los amantes adoran a sus amadas. Aquellos romances de las novelas occidentales, desconocidos, incomprensibles, para los japoneses del siglo XIX, son situaciones comunes para los japoneses de finales del XX. Los amigos de Matsumoto recuerdan La cenicienta momentos antes de la boda, refiriéndose al amigo que ha tenido que romper su compromiso.
¿En qué momento se dio esta transición? ¿En qué momento la mujer japonesa dejó de ser geisha para convertirse en pop star? La adoración de los amantes de una, se convirtió en la adoración de los amantes de la otra. Como quiera que sea, la adoración existe, la mujer se convierte en objeto sagrado (su rostro hermoso en posters y pins para la ropa, su hermoso rostro en libros para autografiar; sus fans no gritan ni se agazapan para verla, siempre mantienen la distancia y la propiedad características de su cultura, pero están ahí, adorándola).

Los yakuza se rigen a partir de un código de honor. Hiro apadrina a un hijo de su “hermano”, pero dejó abandonada a la muchacha que quería y no cumplió su promesa. Esta muchacha lo ató, sin embargo, con la suya. Hiro pudo irse a buscar oportunidades, pudo consagrarse en la mafia y enriquecerse como era su ambición, pero el grito de esa muchacha que le prometió, te voy a esperar cada sábado, lo ató a ese pasado y, finalmente, tuvo que regresar a concederle a ella, el fin del deber que ella asumió.

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